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Cuatro, nos habían pronosticado cuatro, pero llegaron seis, un día seis. Antes de tenerlos, Lolita se paseaba por la casa buscando su mejor nido. Un día la encontramos detrás de la lavadora. Pensé que se estaba enloqueciendo, aunque cara de desquiciada si tenía.
Parecía reventarse y comía el doble de lo acostumbrado. Su embarazo fue producto de una violación, en medio de un paseo a Playa Mendoza, en el Atlántico. Su madre putativa, que es mi verdadera madre, la descuidó, y en medio de su acaloramiento terminó siendo el bocado de varios caninos. El señor Juancho, vecino de toda la vida en Barranquilla, fue quien dio testimonio del hecho.
Dice que no se acuerda si los pretendientes merecían la virginidad de Lolita. Llegó tarde a espantarlos.
Nunca había sido testigo de un parto. La verdad es que con Lolita tampoco lo fui. De tanto mirarla, le estábamos espantando las ganas de parir sus hijos y decidimos dejarla sola como recomendó la veterinaria.
Asustadas por no saber si nuestra pequeña Shitsu podría tener un alumbramiento exitoso y recordando constantemente la frase de mi tía Emma, quien le auguró la peor de las suertes a su propia Pincher, después de que ésta tuviese relaciones con un perro más grande que ella: "Ojona, te aseguraste la muerte", decidimos dejarla íngrima en la bañera casi nueva que alguien tiró en la basura.
A eso de las 4:00 de la madrugada del 6 de enero, mi tía Luzmila nos despertó con un suave "Ya hay perritos". Salimos despavoridas a verla. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... mierda cinco perritos y medio, porque tenía uno atorado todavía en la vagina.
Y pese a que nos habían dicho que mejor no la descuidaramos, que había que cortarle el cordón a los perritos, que soplarles en la boca, que presionarlos un poco para que les saliera no sé que líquido, Lolita, sola, sin ayuda de nadie, trajo seis perritos al mundo.
Cuando llegamos ya los tenía limpios, y sólo uno, el último, hubo que medio moverlo porque después de horas parecía muerto.
Entre risas, las madres de mi familia, recordaron que tener hijos es tremendo trabajo, sin importar si se es perra o vaca. "¿Qué si tenemos cara de locas?". Por supuesto, respondió Vicky, quien rememoró el rostro que tenía el día que dio a luz a su hija Valentina. "No veía la hora de que me la sacaran". "Yo le pegué un empujón al médico, terminamos peleando", dijo mi tía Luzmila.
Mi madre agregó que el parto no es nada. "Los cuidados que hay que tener después", y recordó que en medio de su inexperiencia colocó a mi hermano mayor en una mesita. "Estaba muy cansada y se me olvidó. Al rato escuché un grito".
Y ahí sigue Lolita, medio loquita. Dándole de comer a sus hijos. De vez en cuando, salta de la bañera sin percatarse que sus perritos están pegados de una de sus tetas. Eso si, que no se le acerquen mucho a sus primogénitos. Los defiende con el derecho que le dio la vida de tenerlos en su vientre y traerlos al mundo después de tantos sufrimientos.