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Como pude, viajé hasta San Lucido, un pueblito de unos 7.000 habitantes, ubicado al sur de Italia. Hace más de un siglo, un hombre aventurero llamado Pietro Fortunato Guida de Candia, mi bisabuelo, viajó hasta Colombia buscando nuevos horizontes. Ingresó a través del viejo muelle de Puerto Colombia, ubicado en el departamento del Atlántico. Unos dicen que llegó con los bolsillos vacios; otros refieren que con mucho dinero, el suficiente para comprar tierras ganaderas. Después de recorrer este departamento costero, se estableció en Candelaria, un pueblo caliente, "arrancao", como dice mi madre, pero en el que las historias constituyen su mayor patrimonio. Cien años después, me di la vuelta, y llegué hasta San Lucido, al punto de partida, a ese sitio pintoresco, colgado en la montaña, de calles empedradas y callejones sin salida, al lado del mar, de un color azul que nunca antes había visto: el Tirreno. Tomé un tren en Roma y, después de seis horas, una intensa brisa costera me dijo al oído que era la hora, que había llegado al pueblo del que tantas veces había escuchado, pero al que ni siquiera conocía en fotos. Y como la sangre llama y el destino confabula, aquel viaje me permitió conocer, sin proponérmelo, a dos mujeres hermosas. "Conozco donde viven unas de Candia, pruebe, pruebe", me dijo el barrendero del pueblo, al que conté con señales mi historia. Me llevó hasta el portón de la casa, ubicada en el centro histórico. Le dijo a una señora que por el balcón asomó su cabeza: "Aquí está la ragazza de la Colombia", y fue allí donde todo empezó. La alegría correteaba por mis poros, el haber llegado hasta Italia, a la tierra de mis ancestros, sintiéndome todo el tiempo acompañada por el recuerdo de mi abuela. Fue un momento hermoso. Ana María de Candia, profesora en Lenguas Modernas, por suerte, hablaba español. "Sube, quiero que me relates la historia". Ana María me miraba detenidamente, como buscando algo que le dijera: "Esta niña se me parece a ...", pero que va, si es que soy puro Cabrales. Luego, bajó Emilia a conocerme, Emilia de Candia, una señora de unos 74 años de edad, que tenía "mal della testa". En medio de una sala llena de retratos en blanco y negro, repasaban el árbol genealógico de la familia. "Pero tus tías tienen los nombres de las nuestras: Emilia, Rossina, Melida", y buscaban por un lado y por el otro. Ese día me invitaron a cenar. "Qué pesar, hubieras venido unos años antes, y la tía Mafalda, la que se sabe la historia completa de la familia, nos habría sacado de dudas". Así que salí de la casa, y llamé a mi tío Álvaro, el que también se sabe las ramas del famoso árbol. "Háblales de Amilkar y Geovanni Sposito Guida, los dos sobrinos de tu bisabuelo". "Mama mía", gritó Emilia cuando apenas terminaba de pronunciar los nombres. "La tía Mafalda hablaba todo el tiempo de ellos. Los que se fueron para las Américas", y fue en ese momento donde encontramos la conexión. Comí pizza italiana hecha en casa, tomé licores creados por sus amigas, me deleité con unas frituras especiales llamadas Criseroles y brindamos por nuestro encuentro. Empecé a verlas con otros ojos, y allí fue donde descubrí porqué tú, hermano Giancarlo, no te pareces ni a mi papá, ni a mi mamá, eres todo Candia y hasta saliste con los dientes de la tía abuela Emilia. Qué cosas tiene la sangre, qué cosas tiene la vida. Sin saberlo, viajé hasta San Lucido para conocerlas, porque ellas sólo estarían dos días en su casa de verano. Al día siguiente me despedí, les había escrito algo con la intención de que lo leyeran después de mi partida, pero qué va, Ana María se puso a leerlo en voz alta, haciendo la traducción simultánea al italiano para que escuchara Emilia. Lloré y lloré, luego me fui caminando, bordeando la muralla, pese a la insistencia de Ana de llevarme en la "sua maquina". Me quería despedir de San Lucido, caminándolo, viéndolo detalladamente, sintiéndolo, tomé las últimas fotos, y me dije: Tengo que volver, así como les digo a ustedes: tienen que ir.