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Tenía tan abandonado mi blog, pero trataré de actualizarlo un poco más. Va una columna que escribí sobre el tratamiento que los periodistas le hemos dado al cubrimiento de la entrega de los cuerpos de los once ex diputados del Valle asesinados en cautiverio.
Soy periodista, esa es mi misión en la vida. Y de todo lo que vivo en este oficio trato de aprender y compartir. No quiero darles cátedra. No. Sólo quiero reflexionar sobre lo irresponsables que podemos ser.
La entrega de los once cuerpos de los ex diputados asesinados en cautiverio ha generado todo tipo de informaciones. Unas producidas por las mismas Farc en las que reconocieron que fallaron en la custodia de los secuestrados, al tiempo que reiteraron su voluntad de entregar los restos a la mayor brevedad posible. Otras, difundidas por los familiares en las que señalaron que "aunque el proceso sea largo, necesitamos los cuerpos para hacer nuestro duelo".
Pero, finalmente, y las que ocupan esta reflexión, son las que lanzaron a los medios y sus periodistas en una afanosa maratón para cubrir hasta el último detalle del hecho: las originadas por el propio Presidente de la República, en las que afirmó que las Farc devolverían los restos mortales el pasado sábado en Corinto, Cauca, pese a que lo acordado con la Cruz Roja Internacional, Cicr, era que primero se enterarían los familiares para no tener que darse cuenta por los medios. Primer error.
Fue así como en Corinto, el fin de semana pasado, no cabía un periodista más. La oferta hotelera no dio abasto. A más de uno le tocó dormir en colchonetas tiradas en el piso, en la sala del hotel o sobre una cama de cemento como lo hice yo, y aclaro que no me quejo por ello. Los periodistas debemos estar preparados para dormir en medio del barro y bajo la lluvia, tanto como para hacerlo en un lujoso hotel cinco estrellas.
Lo que me tiene indignada es la forma como todos, incluyéndome, hemos querido dar una noticia donde no la hay, y lo que es peor, contribuir tal vez en un nuevo tropiezo en la entrega de los cuerpos de los asambleístas, como si ya no fuera suficiente con todo lo que han tenido que vivir las familias.
Insistimos, insistimos e insistimos, y no medimos las consecuencias de nuestros actos. Ni siquiera nos hizo reflexionar el susto que pasamos el pasado sábado, cuando se nos dio por buscar un supuesto camión blanco en la vereda Monterredondo, zona rural de Miranda, Cauca, el cual había sido abandonado con unos cuerpos en su interior, según informó una fuente confidencial a un colega.
¿Y es que acaso nuestra misión es recuperar los cadáveres? ¿Por qué si existe un organismo internacional autorizado para recibir los cuerpos, tenemos que entrometernos nosotros? Sé que uno de nuestros deberes es estar allí para construir historias que sirvan de memoria. Pero una cosa muy distinta es registrar la noticia de la entrega de los cuerpos a los familiares, y otra, ir a verificar si unos cuerpos abandonados en un camión pertenecen a los ex diputados. Qué irresponsables somos.
Y si lo que hicimos ese día fue una irresponsabilidad, lo que pretendían hacer algunos periodistas la noche anterior buscando el supuesto camión a eso de las 7:00 p.m. era una locura. Hubo unos más prudentes y otros más arriesgados que, gracias a Dios, no llegaron sino hasta la salida de Miranda.
Aún recuerdo con satisfacción los gritos de uno de nuestros colegas: “No voy a ir a esta hora. Dígale a "María" que se puede parar en las pestañas. Prefiero ser un periodista 'chiviado' a un periodista muerto”.
Sin embargo, insistimos al día siguiente. Por eso nos pasó lo que nos pasó. Por eso nos salieron unos guerrilleros, caídos de la borrachera, diciéndonos: "Están buscando lo que no se les ha perdido" y "matemos a todos estos hijuetantas". Y no es que no resista situaciones de presión. Es que aún hoy tengo ‘piedra’ de mí misma por aceptar hacer parte de una misión que para nada fue periodística. Y aún hoy me indigna cómo los medios siguen manejando esto.
Y seguimos siendo irresponsables. Tanto los medios, que piden vehementemente a sus periodistas ir tras la ‘chiva’, como quienes exigen al Cicr información donde no la hay. Haciendo la sin noticia. ¿No será que a veces es mejor esperar y respetar el silencio?
Ocho horas. Ese fue el tiempo que tuvieron los familiares de los once hombres que un día perdieron su libertad por cuenta de las Farc para pensar, imaginar, anhelar y desgarrarse en llanto por la presunta muerte de sus seres queridos, pero jamás para concebir la idea de recibir sus cadáveres entre tablas.
Hoy mismo, Laurita, la hija del ex diputado Carlos Alberto Charry, estaba lista para graduarse de bachiller. No para desmayarse una vez más porque la pena por la pérdida fue tan grande que, como en otras ocasiones, la dejó inconsciente en el piso.
Todos querían saber la verdad y estiraron las esperanzas tanto como pudieron. En la casa de la esposa de Juan Carlos Narváez, ubicada al sur de Cali, la imaginación se confundía con la realidad. "No ha pasado nada", decía muy decidida Daniela, su hija de 7 años. "La niña lo está negando", contaba entre lamentos una amiga de la familia.
"Mi hermano para nosotros era, no, es, hasta que no me muestren su cadáver, un ser maravilloso, el eje de la familia", destacaba Diego, hermano del ex diputado Alberto Quintero. Ruby Jaramillo llegó aún de madrugada y sin saber si era, apropiado o no, decirles una verdad a media a sus hijos. "Manuel Alejandro le iba a contar hoy a su padre que quedó entre los cinco primeros lugares como estudiante de Medicina".
Sino fuera por la hora en la que se enteraron de la noticia, cualquier desprevenido pensaría que en la terraza de la casa B1 había fiesta. Pero no. Los abrazos no eran de felicidad, y los gritos, mucho menos de euforia. No había lugar por donde no rodara una lagrima. Hasta 'Mini', la 'french puddle' a la que Daniela anhelaba mostrarle algún día a su padre Juan Carlos Narváez, se paseaba sin descanso por la sala, la cocina y el comedor.
A oscuras y abadonados. De la 1:00 a las 9:00 de la mañana nada logró encender de lleno las ilusiones de los familiares de los ex diputados. Cerca a las 7:00 y con la casa atiborrada de flashes, micrófonos y videocámaras, que una vez más mostraron lo público que puede ser el dolor, el alcalde de Cali, Ramiro Tafur, escuchó de la voz quebrada de Fabiola Perdomo "lo duro que es esto". "Necesitamos confirmar cuanto antes la noticia. Ellos nunca perdieron la esperanza de recibir vivos a sus seres queridos", expresó Tafur.
Gaby Cristina Sánchez, esposa de Carlos Alberto Charry, con quien cumplió recientemente 28 años de matrimonio, siempre se mostró como un roble. "Tanto el Gobierno como las Farc tienen responsabilidad en esto tan doloroso. Todo el tiempo estuvieron midiendo sus fuerzas de poder y jamás se pusieron en los zapatos de los familiares de los secuestrados". Por el contrario, Laurita, su hija, culpó de todo a las Farc. "Son ellos los que se llevaron a mi papá", dijo, mientras clavaba sus ojos fijamente en algún lugar indescriptible.
Entre la maraña de acusaciones contra una parte y otra, Álvaro Leyva fue uno de los nombres que más sonó. "Siempre creímos en sus gestiones, quería y luchaba por el Acuerdo Humanitario. Hizo todo para devolvernos a nuestros esposos con vida", se oyó decir a quienes por cinco años fueron padres y madres, unidas por la misma tortura, como la que ahora atravieza Patricia Nieto, sin saber qué será de la suerte de su marido, el que según las Farc, fue el único sobreviviente del fuego cruzado en el que fallecieron los once ex diputados.
Mientras sube las gradas para encontrarse con un tumulto de dolor, y en medio de sentimientos encontrados, le envía bendiciones a Sigifredo en donde quiera que esté. "No siento alegría en mi corazón. Me agobia el mismo dolor de todos porque somos una sola familia".
Ramiro Echeverry, 'el negro' que más quería su padre, no quiere que la muerte de los ex diputados sea en vano. "Ojalá este suceso garantice la libertad de los demás secuestrados", explicó con un gesto de resignación. Para Ana Milena, su madre, el consuelo es poco. Lejos del llanto de todos, prefirió ahogarse en el suyo propio, sentada en una silla blanca, ubicada en la parte de abajo de la casa.
Gritos y porqués. Cerca de las 9:00 de la mañana, una llamada a través del celular de Fabiola Perdomo, auguró la confesión de un secreto que inicialmente sólo pareció ser para tres. Un cruce de miradas entre ella, Gaby y Patricia, acompañado de una invitación a pasar al tercer piso de la casa, sembró un frío de sepultura en el ambiente. Mientras subían, la tensión en el segundo piso aumentaba.
El murmullo de una emisora puso a varios reporteros gráficos a decir lo que los familiares se negaron a aceptar: la confirmación de la muerte de los once ex diputados de parte de las Farc.
Me quedé fría, como estuve casi todo el tiempo. El aumento del volumen sacó del lugar indescriptible en el que estaba a Laurita, la 'menorcita' de Carlos Alberto Charry, y que hoy recibe su grado de bachiller.
Sentada en una silla, metió un grito de muerte y cayó desmayada con su cabeza hacia atrás. Los flashes y videocámaras se lanzaron frente a ella. Dios, no sé cómo pude ver entre tanta gente una botella de alcohol. "Respira nena", le dije, mientras le bañaba la nariz y la frente. Mi compañera Natalia corrió a buscarle agua, pero nuevamente los flashes le obstaculizaron el paso.
Halones de cabello y más llanto. "Por qué mi hijo Dios si era lo que más quería", decía la madre de Carlos Alberto Charry, mientras se desvanecía. En el cuarto de Daniela Narváez la escena no pudo ser más devastadora: "Daniela, te necesito", entró gritando a la habitación su madre Fabiola. "Nos hemos quedados solas".
Nelly de Narváez se aferró a la foto de su hijo. "No puede ser, yo que tanto le pedí a mi Dios", decía llorando mientras se cogía la cabeza, en señal de que parecía partirsele en dos.
Con esta noticia, atrás quedaron los días en los que familiares
armaban árboles y repartían regalos de Navidad para seres amados pero
invisibles, en los que escribían mensajes de amor en el diario. Ya no
tienen a quien esperar. En ocho horas todo quedó en blanco.
Invito a todos los hijos del mundo que tengan mamás y papás como yo, que los enseñen a chatear... claro, mi mamá nació en 1950 y conoce poco de este mundo de conexiones virtuales tan fascinantes.
Ella vive en Barranquilla y yo en Cali, y ahora mismo estamos conversando sobre cosas de la vida que a veces no tocamos en espacios reales. Me siento feliz porque tiene una nueva distracción. Ya va a agregar a su sobrina Katherina, una holandesa gigante que vive en Amsterdam con mi tía Rubiela. Chanfle, me acaba de decir que no le aceptó la invitación. Bueno, poco a poco, irá aprendiendo.
"Sólo sé que nada sé y por la vida voy aprendiendo".
Viejo, maduro y zorro, Gabo fue parco con los periodistas.
Simplemente, a la pregunta de lo que significaba volver a su tierra dijo que los reporteros no preguntaban, que ellos lo que tenían que hacer era ver, oler y sentir.
Común Presencia Editores -en su colección Los Conjurados
tuvo la buena idea de recopilar los discursos que pronunciaron varios
Premios Nobel de Literatura al recibir el galardón que les otorgó la Academia
Sueca.
Por considerarlos un alimento intelectual singular, publicamos
algunos de los fragmentos que más nos llamaron la atención: De Octavio Paz: “…Desde hace mucho creo y lo creo firmemente, que el
ocaso del futuro anuncia el advenimiento del hoy. Pensar el hoy significa ante
todo, recobrar la mirada crítica. Por ejemplo, el triunfo de la economía de
mercado -un triunfo por default del adversario no puede ser únicamente
motivo de regocijo. El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los
mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la
manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y
un instrumento de justicia y equidad. Las sociedades democráticas desarrolladas
han alcanzado una prosperidad envidiable; así mismo, son islas de abundancia en
el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene relación muy
estrecha con el deterioro del medio ambiente. La contaminación no solo infesta
al aire, a los ríos y a los bosques sino a las almas. Una sociedad poseída por
el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las mismas en
objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al
basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra.
Desechos materiales y morales…”. De José Saramago: “…Ciegos. El aprendiz pensó: “estamos ciegos”, y se
sentó a escribir el Ensayo sobre la ceguera para recordar a sus lectores, que
usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser
humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que la
mentira universal ocupó el lugar de las verdades plurales, que el hombre dejó de
respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante. Después
el aprendiz, intentando exorcizar a los monstruos engendrados por la ceguera de
la razón, se puso a escribir la más simple de todas las historias: Una persona
que busca a otra persona solo porque ha comprendido que la vida no tiene nada
más importante que hallar a un ser humano…”. De Pablo Neruda: “…Surge una enseñanza que el poeta debe aprender de
los demás hombres. No hay soledad inexpugnable. Todos los caminos llevan al
mismo punto: a la comunicación de lo que somos. Y es preciso atravesar la
soledad y la aspereza, la incomunicación y el silencio para llegar al recinto
mágico en que podemos danzar torpemente o cantar con melancolía; pues en esa
danza o en esa canción están consumados los más antiguos ritos de la conciencia:
de la conciencia de ser hombres y de creer en un destino común…”. De Albert Camus: “…El papel del escritor, por tanto, no se separa de
deberes difíciles. Por definición, hoy no puede estar al servicio de los que
hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren…”. De William Faulkner: “…Yo no creo en el fin del hombre. Es simple decir que
el hombre es inmortal sencillamente porque prevalecerá, porque cuando el eco de
la última campanada del juicio se haya silenciado en la última y más miserable
roca, vacilante, aunque ya no la sacuda la marea, en el último crepúsculo rojizo
y agonizante, aún entonces habrá un sonido más: el de la mezquina pero
inextinguible voz humana que seguirá hablando sin cesar. Yo me niego a aceptar
esto, porque no solo creo que el hombre perdurará, sino que prevalecerá. Es
inmortal, no por ser la única criatura poseedora de una voz inagotable, sino
porque tiene un alma, un espíritu capaz de compasión, de sacrificio y
resistencia…”. De Günter Grass: “…Vemos espantados que el capitalismo, desde que
declararon muerto a su hermano el socialismo, se deja inspirar por la
megalomanía y ha comenzado a irradiarse sin inhibiciones. Repite los errores de
su hermano supuestamente extinto dogmatizándose, proclamando como única verdad
su economía, embriagándose con sus posibilidades casi ilimitadas hasta el
delirio, es decir, realiza fusiones en todo el mundo que solo maximizan los
beneficios. No es de extrañar que el capitalismo, como el comunismo, que se ha
estrangulado a sí mismo, resulte incapaz de reformas. Su dictado es la
globalización. Y se afirma, con la arrogancia de la infalibilidad, manifestando
que no hay alternativa…”. De Derek Walcott: “…Cuando un jarrón se rompe, el amor que vuelve a
juntar los fragmentos es más fuerte que aquel otro que no valoraba
conscientemente su simetría intacta. La cola que restaura las piezas es la
autenticación de su forma original…”. De Gabriel García Márquez: “…Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner
dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno
de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por
primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se
negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad
científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo
humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo
creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde
para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía
de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde
de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes
condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda
oportunidad sobre la tierra…”. De Salvatore Quasimodo: “…La historia del poeta sometido al cerco silencioso
se haya en todos los países y en todas las crónicas de la humanidad. Pero
aquellos subyugados escritores que están del lado del político nunca representan
el espíritu de la nación; ellos solo sirven -y digo ‘sirven’- para retardar por
unos momentos la voz del poeta en el mundo. Con el tiempo, de acuerdo con
Leonardo da Vinci, “todo el error será corregido”…”.
Cumplí con mi segunda visita. Fue devastadora. Pero no podía dejar de hacerla. Antes de llegar al Hogar Geriátrico La Roca, pasé por el Carrefour para comprarle una frutas a mi tío José, y unas flores a mi tía Fita, su esposa, la de la sonrisa amplia y fresca.
Después de salir de la que fuera la casa de la familia Santo Domingo, y sede actual de esas tiendas que se abren en Colombia en un abrir y cerrar de ojos, caminé más de tres manzanas hasta llegar al ancianato en el que hace más de diez meses viven los dos.
Cuando leí el nombre en la guía telefónica, imaginé que pasaban sus días en una especie de prisión, pero qué va, no, es una de esas casas barranquilleras con un frente y un patio tan grande, que no pude dejar de imaginarme allí, bailando, en medio de una parranda sabanera.
Yo sólo quería abrazarlo. --Vengo a ver al señor José María Cabrales--, le dije a una negra con cara de boxeadora. --Están todos junticos al fondo atendiendo otra visita--. En la entrada habían dos señoras de no muy avanzada edad, recibiendo el fresco de la tarde. Más adelante, un anciano en silla de ruedas, hacía un esfuerzo por saludarme. La luz tenue anaranjada encajaba completamente con ese aire que se sentía de longevidad.
Todo lucía limpio, y a la vez viejo, como no podría ser de otra forma. La sala, el comedor, los cuadros, y hasta el televisor, que en ese momento emitía uno de los inacabados capítulos del Chavo del 8, parecían sacados de un film ochentero.
--Buenas tardes--, dije. --Niña, ¿eres la de Maizena?--, eso fue lo que le entendí a tía Fita. Le respondí que era Renata Cabrales. Exaltada, alzó los brazos. --Mira José, la hija de Cristo--, le dijo, mientras mi mirada no podía creer lo que estaba viendo. Mi tío José, el que nos traía regalos de Estados Unidos, estaba notablemente delgado. Tenía la boca abierta, como la tuvo casi durante toda la visita. Creo que abrió los ojos más de lo que pudo y emitió un sonido áspero que me puso al borde del llanto.
Mi tío José ya no puede hablar. Lo besé. No entendí bien qué enfermedad tiene. Sólo sé que le atrofió las funciones básicas motoras y que hasta su propia saliva lo puede ahogar. Hasta hace poco se bañaba y comía solo. --Yo creo que lo que más le duele es la comida... cómo le gustaba comer bien--, recordó tía Fita. Ahora sólo puede pasar líquidos.
Siquiera les llevé flores. Fue en ese momento cuando evoqué a mi tía Emma: Viva, que me traigan flores, pero viva. Pa´qué muerta. Eso pa' qué.
Tía Fita se internó con él en La Roca. Ella está enterita con sus 77. Pero no quiso dejar a la deriva a su viejo, con el que tuvo seis hijos y vivió una vida de inmigrante por más de 28 años en Estados Unidos. Los dos trabajaron hasta el cansancio y lograron levantarlos hasta hacerlos profesionales. Elvirita, su hija mayor, los acompaña de forma permanente. --Esto es muy duro. Verlo así. Al principio no podía hablar sin llorar--, me contó.
Todo parece que tío José sí me reconoció. Su hija se inventó formas de comunicarse con él, de modo que si alguien le hace una pregunta y su respuesta es positiva, debe alzar el brazo izquierdo, que es el que mejor controla.
Cuando respondió que sí, también elevé mis brazos en señal de gloria. Fue en el año 2004 cuando su salud fue empeorando y ya no hubo forma de que tía Fita se encargara de él. Ella se la pasa tejiendo. --Ahora último ha vuelto a ver El Chavo del 8--, nos dijo.
Y hasta hace muy poco, no se perdía Alo Presidente. --Pasaba tres horas frente al televisor. Chavista a morir--, recordó tía Fita, mientras él emite otro sonido grueso, que ratifica que todavía lo es.
Ansiaba no llegar al llanto, pero cuando mi papá lo abrazó, no aguanté. Hacía más de dos años que él no lo visitaba. Lágrimas y quejidos. --Esto era lo que yo no quería--, susurró entre dientes mi padre.
Mi tío Pedro, presente en la visita, le recordó sus tiempos de parranda y cómo en el año 74 terminó bailando y lleno de maizena en un salón burrero de Candelaria., Atlántico. Tío José se acuerda de todo, pero no puede hablar.
Sus palabras son las de su eterna amada, Fita, que corre a limpiarlo cuando la saliva brota de la boca de tío José. Eso sí es amor.
Pocas cosas han cambiado desde que me gradué en la promoción del año 91. Putaaaa 91. Estoy vieja. La venta de mangos con sal y pimienta sigué ahí, intacta, en la esquina del Parque La Electrificadora de Barranquilla. Al frente, el Colegio La Medalla Milagrosa, más intacto aún.
Tres visitas me prometí hacer en mi actual viaje a la ciudad de los arroyos que arrastran hasta buses: la primera, al colegio donde estudié 13 largos años de mi vida; la segunda, a mi tío José, el que nos traía regalos de Estados Unidos, y que ya no puede pronunciar ni su nombre; y como no, a donde mi tía Emilia, que este domingo 13 de mayo cumple la 'bobadita' de 100 años.
Antes de pasar por la Medalla, fui al Éxito, compré unas flores, un oso Winie Pooh, y unas galletas para regalarle algo a la recordada Ali, la directora con más pulseras de oro en el brazo derecho, pero también la que me impulsó a rezar y confiarle mis anhelos a la virgen María. Las flores cayeron de maravilla. Aún recuerdo mi último mes de mayo, antes de graduarme, frente al altar: Vengo ante tí virgen María a entregarte estas cortas pero significativas palabras... (la verdad es que así empezábamos todos)...
Antes de atravezar la entrada, pensé en lo que le contaría a Ali para que se sintiera orgullosa de mí. Subí las gradas que conducen a la rectoría tan rápido como lo hacía de niña. No me reconoció. --Ali, soy Renata Cabrales-- le dije.
--Carajooooo, mija, qué emoción--. Me apretó contra sus mejillas, parecidas a las de Kiko, el del Chavo del 8. Me abrazó.
Ali se acuerda de los más mínimos detalles de sus ex alumnos. --La que se escondía debajo de la cama para no venir a estudiar--. Mierda, ni siquiera yo me acordaba de eso. Cuentan que una vez Kike, uno de sus graduados, fue a recoger a los que ahora son sus hijos al colegio, cuando de repente Ali le pegó un retorcijón de oreja. --Niñooo, cuántas veces te he dicho que no andes con la camisa afuera--. --Pero, Ali, ya yo no estudio aquí--, le contestó.
Junto a ella estaba el profesor Justo. --Usted es el de religión--, le dije. No me equivoqué. Y fue en ese instante cuando rememoré como le mamábamos gallo para que su clase se hiciera corta.
A Justo le encantaba que lo recibiéramos con una canción: --Y una lagrima de Dios, del cielo cayó, y yo le pregunté, y él me respondió--. Nojoda... la repitíamos como diez veces. --Ya niños, yaaaa. Está lindo el canto, pero ya está bueno--, decía.
Les conté que soy periodista, que tengo a mi cargo un grupo de jóvenes, que me toca trabajar muy duro, contra la corriente y rompiendo paradigmas, porque internet es algo que pocos, por lo menos en el sitio que trabajo, entienden. También que el año pasado me gané una beca de periodismo que me envió a Europa por siete meses. "--Carajo mija, te ha ido requetebien--, me repuntó Justo.
--Has estudiado mucho, con sacrificio, ahora te toca escoger es un buen marido. Miraaaa niña, ojo con eso, ese es mi consejo--, atinó a decirme Ali.
Al momento, apareció Olguita, la hermana de Ali, igualitica a como era antes. --Tienes la misma cara de niña--, me dijo. Me quedé pensando si era verdad. Me contó que a todos los que salen de la Medalla y rezan a la virgen María, les va muy bien. --Fígurate, unas ex alumnas abrieron una policlínica en Estados Unidos--. Ambas, Ali y Olguita, me pusieron a rezar el Glorifica. --Ayyyy todavía se lo sabe--", dijeron emocionadas.
Me despedí y fui a dar un paseo por los salones. Ví de soslayo el de química, donde me acuerdo que hicimos explotar un peo químico, entré al de danzas, que ya no lo es, y en el que una vez se nos apareció un depravado tras la ventana haciéndose la paja. Bajé las gradas. Me tomé unas fotos con unas niñas que se 'volaron' de clase. Sus dedos y los míos hicieron la 'V' de victoria. --Te falta un botón--, le dije a una. --Síii, ya sé--. Me sentí una vieja sapa.
Pasé por la cafetería, donde nos estrujábamos para llegar de primeros. Recordé como todos nos alejábamos de una compañera a la que los piojos le saltaban de un gancho al otro.
Ví el octavo grado, donde conocí a María Claudia, una de mis mejores amigas. Y recordé, como si fuera ayer, cuando Sonia, mi otra mejor amiga, se reventaba contra la pared roja, buscando quebrarse las gafas con las que sus ojos bizcos, por aquella época, podían ver.
La profesora Guillermina sigue igualita. Mi mamá dice que debe estar operada porque los años no le pasan. --Mijita, esa tiene cirugía--. Me contó que Giovanna Saleh, ex compañera de clase, está delgadita, planita. --No tiene nada de estómago querida--. Bajé mis ojos y ví que mi realidad no era la misma.
Me refugié en el preparatorio, donde junticos los niños entonaban el --Madre mía que estás en los cielos--. Ví esos zapaticos rojos que todos los días mi mamá me hacia embolar, y aquella truza roja con falda blanca encima.
De vuelta al colegio, 16 años después, regresé a mis inicios y ví que casi todo estaba igualito. Ali se mantiene vigente, los salones son los mismos, la virgen en su altar de mayo, rodeada de flores. Rezé, y mis ojos se volvieron charcos, pero no lloré como tu virgen María, como ocurrió hace más de 10 años: un milagro que todos presenciamos.
Mi tío Álvaro es un verdadero personaje. Tiene una mente que no pierde vigencia. Refiere (sinónimo de contar, narrar, relatar) con una gracia casi imposible de superar, cuanta cosa le ha pasado o ha escuchado en su vida...
"Fui a tomarme unos tragos con Abelito a Carreto (corregimiento de Candelaria, municipio del Atlántico). Ese hombre tomaba que daba miedo y no se veía peao (borracho). Podía estar muerto 'e la pea, pero no parecía. Perdía la cabeza, pero no los pies. Se quedaba derechito. Abelito estaba requetecontento con una negrita que se levantó. Al otro día, me dijo entusiasmao: compa... vamos pa' Carreto. Iraaaa, pero cuando llegamos no se acordaba cuál negra era la que le había gustao. Abelito si que perdía la cabeza".
"Eustorgio Mazenett ya estaba caduco (había perdido su lucidez mental) y tenía unas ganas de ir al baño a eso de las 7:00 p.m., pero no se atrevía a salir del cuarto porque veía a un hombre sentao en una silla, cerca al patio, que tenía puesto un sombrero voltiao... Nojoda, y ahora cómo salgo de aquí, se preguntaba. Como pudo, por la parte de atrás de su cuarto, llegó hasta la sala. Nojoda, casi me orino, llevó una hora tratando se salir del cuarto, y no me atrevía. Vayan saquen a ese borracho que está en el patio de la casa. Ustedes reciben a cuanto loco llega aquí, gritaba enfurecido. Le contestó su hija Sonia: Papi, allí no hay ningún borracho. Vamos a ve que Eustorgio casi se orina en los pantalones por culpa de un año viejo".
"En una casa de Candelaria habia un perro que no mordía, sino que pegaba tronco e' cabezasos. Un día llegó el compae Emiliano a visitar a Esthercita cuando el perro se le fue encima. Bueno, hubiese sido mejor eso, pero lo que hizo fue pegarle un cabezaso en todos los 'huevos' (testículos). Lo dejo estirao en todo el portón. Cuando Emiliano pudo recuperarse, doña Esthercita le preguntó que cómo se sentía. Nojoda, me ha dejao hasta sin vistas...."
Esperen más historias...
Aniversario. El 11 de abril se completan cinco años del secuestro de los doce ex diputados del Valle.
Los familiares de los ex asambleístas relatan cómo viven hoy la ausencia de sus seres queridos. Fotos, pendones y velones continúan regados en todas las casas. Siguen vivos.
No tuvo a quién decirle papá. Se graduó sin su presencia. Contrajo matrimonio sin su bendición. Cerró los ojos para siempre, sin verlo. ¿Qué más le puede pasar a uno en cinco años?
Daniela tenía 2 cuando se lo llevaron. Quería tener una foto con su padre Juan Carlos Narváez, donde ella apareciera más grandecita, por eso no le importa que el retrato familiar sea un montaje. Tiene un diario en el que le escribe, y que, por ahora, tiene “sepultado”, sin razón alguna.
Fabiola, su madre, dice que cuando van juntas al colegio a alguna actividad llegan destrozadas. A Juan Carlos lo esperan las papas con salsa de tomate que le hacía Elda y una casa nueva que requiere de su presencia.
Si hay alguien que Edison Pérez quiere en la vida es a Aida. A su madre siempre le llegaba con cualquier regalito. “Cada diciembre le hago un arbolito de Navidad con el ánimo de que alcance a llegar para verlo”. El del año pasado es amarillo y le quedó hermoso.
La oración la tiene en pie. Aún le arregla la ropa, los zapatos y, cuando una prenda es fina, utiliza los servicios de lavandería. Su habitación sigue intacta. Aida espera poder quitar muy pronto la camiseta que con el rostro de Edison hay sobre la cama de él.
A Laura, que ya tiene 18 años, aún le dice mi bebé. Lo que no sabe Carlos Alberto Charry es que ya no lo es tanto y, si sigue en cautiverio, su hija tendrá que graduarse de bachiller sin él. “Estos han sido años muy duros. Me tocó aprender a orar”, dice su esposa, Gaby.
Carlos es fanático de la música de los años
60, pero ella no la coloca. Dice que prefiere esperar a que él llegue para
volverla a escuchar a su lado. “Cantaba 'Detalles' como loco”. En la antesala,
al lado de la fuente que tanto lo relajaba, lo esperan su música y sus libros.
Carmen de Hoyos optó por pintarle un mural a Jairo, su esposo, dentro del colegio que fundó con él hace 47 años: el Miguel Ángel Buonarroti. Es su forma de sanar. “Imagino que está en una casita, cerca al río, rodeado de naturaleza”. A Jairo, la familia se le creció. Ya es abuelo de cuatro nietos.
Cuando regrese, Nacianceno Orozco no va a reconocer a Manuel Alejandro, su hijo de 18 años. Ahora estudia medicina. “Ya pasó un año, dos, tres... y nada”, dice repleto de desesperanza. A su esposa, Ruby Jaramillo, la vida le dio un giro de 180 grados. Pasa noches enteras preparándose para ser abogada. “Somos muy estudiosos. Me trasnocho tanto como mi hijo”.
A Nacianceno también lo espera su gato Mateo y un nuevo espacio para vivir. Además de Caicedonia, ahora tendrá dónde dormir en Cali.
Socorro Cadavid pasa de una forma admirable del llanto a la templanza. Su hija, Ángela, mandó a hacer una réplica de Francisco Giraldo en cartón, a su imagen y semejanza. Un día está en el comedor; otro, en la sala. Su recuerdo sigue intacto en todos los rincones.
A los cinco meses de habérselo llevado las Farc, su padre
murió. “Hacíamos desayuno para seis, almuerzo para seis, pero ahora estoy sola”,
dice Socorro, quien cree que ya fue suficiente. Álvaro José, hermano de 'Pacho',
aplazó su matrimonio muchas veces con la esperanza de que estuviera presente.
No sucedió.
“Papá, en junio me gradúo”, le cuenta Lucas, de 18 años, a Sigifredo López. A Patricia, su esposa, le tocó educar a dos hijos adolescentes, sola, uno de sus mayores retos. Y aunque Lucas reconoce sus esfuerzos, asegura que “papá es papá y mamá es mamá”. Ninguno reemplaza al otro. Sergio, de 16, respira enojo. Ya se cansó de que no le devuelvan a su padre. ‘Sigi’ sigue vivo en su casa. Su bicicleta continúa tan estática, como es, esperándolo.
A Alberto Quintero no le pasará lo mismo que a
varios de sus compañeros de cautiverio. Cuando vuelva, no podrá ver los rostros
que en alguna época le fueron familiares. Varios de sus seres queridos ya han
fallecido.
En la sede política en la que comenzó su carrera le aguarda una
silla vacía, símbolo de su ausencia, pero también de la espera. A Alberto lo
extrañan la granja, los pavos y los árboles frutales que refrescan una de las
casas más antiguas de Cartago, reflejo de luchas y
sueños.
Compositor, pianista y guitarrista. Héctor
Arizmendy es un eterno romántico. Cuando vuelva, se va a
encontrar con una casa nueva, pero que en su interior conserva inalterable uno
de los espacios que más debe extrañar, según su esposa Consuelo: la biblioteca.
Allí, volverá a hojear sus libros y repasará bajo el vidrio del escritorio las
fotos en las que aparece disfrazado al lado de sus hijos. Por qué no se
vuela?, le pregunta Juan Camilo con rabia a su mamá. “No ha sido fácil
explicarle por qué su padre no aparece. Cuando se lo llevaron, él sólo tenía 2
años”. Sebastián, su hermano, aún conserva a Lala, un 'teletubbie' que Héctor le
regaló. “Todavía suena”, dice feliz.
La esposa de Rufino Varela está segura de que su amor va a volver muy pronto. Por ello se está preparando; no quiere que su llegada la tome de improviso. “Trato de estar muy bien. Lo hago por él”, cuenta Blanca, quien desde ahora le adelanta todo lo nuevo que va a encontrar cuando vuelva. “Mijo, le estoy haciendo unos arreglitos al apartamento para que lo encuentre bien lindo. Te cuento que el MÍO nos va a quedar cerquita”. A ‘Rufis’ también lo espera su sobrina, la 'Sardina', a quien dejó de ver cuando tenía 18 años y que ya va por su segunda carrera universitaria. La ama como a una hija.
Si no fuera por el secuestro, abril
sería el mes más feliz del año para Ramiro Echeverry. En este mes
su madre lo trajo al mundo, unió su vida a la de Ana Milena y nació su hija
Diana. Sin embargo, desde que se lo llevaron, muchas fechas importantes han
tenido que transcurrir sin su presencia. Hace 16 días, su 'Negro', el hijo
mayor, se le casó. “Dios quiera que esté aquí para el grado universitario de la
niña”, dice su esposa.
A Carlos Alberto Barragán, su 'Monito' le cumple hoy cinco años. “Mi papá se demora un poquito en llegar porque está ocupado comprándome muchos regalos”. Le gustan los 'Power Rangers', el mango, el color azul y las matas, las mismas que Carlos podrá ver en su nueva casa, rodeada de verde.
Erika, madre del pequeño, no se cansa de repetirle lo mucho que Carlos lo quiere, a pesar de que su mente no tenga ningún recuerdo tangible de él. A su padre se lo llevaron cuando el niño tenía tres días de nacido. Su esposa no pierde las esperanzas. “Ya me lo imagino bajándose de un helicóptero”.
Hace unos dias se vio por las calles de Sao Paulo un afiche de ""Runner -una de las cadenas de gimnasios más renombradas del Brasil- con la foto de una chica escultural y la siguiente frase:
"¿Este verano qué querés ser: sirena o ballena?"
Dicen que una joven mujer pero madura de Sao Paulo (cuyas características físicas nunca trascendieron) le envió este mail a la empresa "Runner" respondiéndoles a su frase publicitaria........:
"Las ballenas están siempre rodeadas de amigos. Tienen una vida sexual activa, se embarazan y tienen ballenitas de lo más tiernas.
Las ballenas amamantan. Son amigas de los delfines y se lo pasan comiendo camarones....
También se la pasan jugando en el agua y nadando por ahí, surcando los mares, conociendo lugares maravillosos, como los hielos de la Antártida y los arrecifes de coral de la Polinesia. Las ballenas cantan muy bien... hasta tienen CD grabados. Las ballenas son enormes y casi no tienen predadores naturales.
Las ballenas tienen una vida bien resuelta, son lindas y amadas por todos.....
Las sirenas no
No tienen hijos pues matan a los hombres que se encantan con su belleza. (Y yo agregaría que no tienen por donde hacer el amor. ¡Por Dios!).
Son bonitas sí, pero tristes y siempre solitarias. (¿Quién quiere acercarse a una mujer que huele a pescado frito y que no tiene hoyito como salvavidas?).
"Runner", querida, prefiero ser ballena.....
P.D.: En estos tiempos de mujeres anoréxicas y bulímicas, en que la prensa, las revistas, el cine y la tele nos meten a la fuerza en la cabeza que sólo las flacas son bellas, este mensaje trae nuevas esperanzas a las ballenitas y, ¿por qué no?, a las sirenitas que no descansan un segundo pensando en su apariencia exterior.
Yo prefiero disfrutar un helado junto a la sonrisa cómplice de mis hijos, una copa de vino con un hombre que me haga vibrar y una pasta exquisita con amigos que me quieren por lo que soy, no por cómo luzco.
A medida que envejecemos, ganamos peso. Esto ocurre porque acumulamos mucha informacion en nuestra cabeza.
Mi cabeza, por no soportar tanta informacion, comenzó a llenar el resto del cuerpo. Ahora entiendo que no soy gorda, "¡soy culta!"
Y no olvides este lema de vida:
La vida NO debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar con buena salud y con un cuerpo atractivo y bien cuidado, sino más bien deslizarse en ella, con chocolate en una mano, vino en la otra, el cuerpo hecho polvo, totalmente desgastado y gritando... QUE PASEOOOO!!