En ocho horas todo quedó en blanco
Ocho horas. Ese fue el tiempo que tuvieron los familiares de los once hombres que un día perdieron su libertad por cuenta de las Farc para pensar, imaginar, anhelar y desgarrarse en llanto por la presunta muerte de sus seres queridos, pero jamás para concebir la idea de recibir sus cadáveres entre tablas.
Hoy mismo, Laurita, la hija del ex diputado Carlos Alberto Charry, estaba lista para graduarse de bachiller. No para desmayarse una vez más porque la pena por la pérdida fue tan grande que, como en otras ocasiones, la dejó inconsciente en el piso.
Todos querían saber la verdad y estiraron las esperanzas tanto como pudieron. En la casa de la esposa de Juan Carlos Narváez, ubicada al sur de Cali, la imaginación se confundía con la realidad. "No ha pasado nada", decía muy decidida Daniela, su hija de 7 años. "La niña lo está negando", contaba entre lamentos una amiga de la familia.
"Mi hermano para nosotros era, no, es, hasta que no me muestren su cadáver, un ser maravilloso, el eje de la familia", destacaba Diego, hermano del ex diputado Alberto Quintero. Ruby Jaramillo llegó aún de madrugada y sin saber si era, apropiado o no, decirles una verdad a media a sus hijos. "Manuel Alejandro le iba a contar hoy a su padre que quedó entre los cinco primeros lugares como estudiante de Medicina".
Sino fuera por la hora en la que se enteraron de la noticia, cualquier desprevenido pensaría que en la terraza de la casa B1 había fiesta. Pero no. Los abrazos no eran de felicidad, y los gritos, mucho menos de euforia. No había lugar por donde no rodara una lagrima. Hasta 'Mini', la 'french puddle' a la que Daniela anhelaba mostrarle algún día a su padre Juan Carlos Narváez, se paseaba sin descanso por la sala, la cocina y el comedor.
A oscuras y abadonados. De la 1:00 a las 9:00 de la mañana nada logró encender de lleno las ilusiones de los familiares de los ex diputados. Cerca a las 7:00 y con la casa atiborrada de flashes, micrófonos y videocámaras, que una vez más mostraron lo público que puede ser el dolor, el alcalde de Cali, Ramiro Tafur, escuchó de la voz quebrada de Fabiola Perdomo "lo duro que es esto". "Necesitamos confirmar cuanto antes la noticia. Ellos nunca perdieron la esperanza de recibir vivos a sus seres queridos", expresó Tafur.
Gaby Cristina Sánchez, esposa de Carlos Alberto Charry, con quien cumplió recientemente 28 años de matrimonio, siempre se mostró como un roble. "Tanto el Gobierno como las Farc tienen responsabilidad en esto tan doloroso. Todo el tiempo estuvieron midiendo sus fuerzas de poder y jamás se pusieron en los zapatos de los familiares de los secuestrados". Por el contrario, Laurita, su hija, culpó de todo a las Farc. "Son ellos los que se llevaron a mi papá", dijo, mientras clavaba sus ojos fijamente en algún lugar indescriptible.
Entre la maraña de acusaciones contra una parte y otra, Álvaro Leyva fue uno de los nombres que más sonó. "Siempre creímos en sus gestiones, quería y luchaba por el Acuerdo Humanitario. Hizo todo para devolvernos a nuestros esposos con vida", se oyó decir a quienes por cinco años fueron padres y madres, unidas por la misma tortura, como la que ahora atravieza Patricia Nieto, sin saber qué será de la suerte de su marido, el que según las Farc, fue el único sobreviviente del fuego cruzado en el que fallecieron los once ex diputados.
Mientras sube las gradas para encontrarse con un tumulto de dolor, y en medio de sentimientos encontrados, le envía bendiciones a Sigifredo en donde quiera que esté. "No siento alegría en mi corazón. Me agobia el mismo dolor de todos porque somos una sola familia".
Ramiro Echeverry, 'el negro' que más quería su padre, no quiere que la muerte de los ex diputados sea en vano. "Ojalá este suceso garantice la libertad de los demás secuestrados", explicó con un gesto de resignación. Para Ana Milena, su madre, el consuelo es poco. Lejos del llanto de todos, prefirió ahogarse en el suyo propio, sentada en una silla blanca, ubicada en la parte de abajo de la casa.
Gritos y porqués. Cerca de las 9:00 de la mañana, una llamada a través del celular de Fabiola Perdomo, auguró la confesión de un secreto que inicialmente sólo pareció ser para tres. Un cruce de miradas entre ella, Gaby y Patricia, acompañado de una invitación a pasar al tercer piso de la casa, sembró un frío de sepultura en el ambiente. Mientras subían, la tensión en el segundo piso aumentaba.
El murmullo de una emisora puso a varios reporteros gráficos a decir lo que los familiares se negaron a aceptar: la confirmación de la muerte de los once ex diputados de parte de las Farc.
Me quedé fría, como estuve casi todo el tiempo. El aumento del volumen sacó del lugar indescriptible en el que estaba a Laurita, la 'menorcita' de Carlos Alberto Charry, y que hoy recibe su grado de bachiller.
Sentada en una silla, metió un grito de muerte y cayó desmayada con su cabeza hacia atrás. Los flashes y videocámaras se lanzaron frente a ella. Dios, no sé cómo pude ver entre tanta gente una botella de alcohol. "Respira nena", le dije, mientras le bañaba la nariz y la frente. Mi compañera Natalia corrió a buscarle agua, pero nuevamente los flashes le obstaculizaron el paso.
Halones de cabello y más llanto. "Por qué mi hijo Dios si era lo que más quería", decía la madre de Carlos Alberto Charry, mientras se desvanecía. En el cuarto de Daniela Narváez la escena no pudo ser más devastadora: "Daniela, te necesito", entró gritando a la habitación su madre Fabiola. "Nos hemos quedados solas".
Nelly de Narváez se aferró a la foto de su hijo. "No puede ser, yo que tanto le pedí a mi Dios", decía llorando mientras se cogía la cabeza, en señal de que parecía partirsele en dos.
Con esta noticia, atrás quedaron los días en los que familiares
armaban árboles y repartían regalos de Navidad para seres amados pero
invisibles, en los que escribían mensajes de amor en el diario. Ya no
tienen a quien esperar. En ocho horas todo quedó en blanco.
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BUEN POST, AUNQUE TRISTE NOTICIA. LA PERDIDA DE CUALQUIER VIDA HUMANA YA DE POR SI LO ES.